La sentimentalidad femenina durante la Transición

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JAVIER SANZ

Carmen Martín Gaite publicó en 1987 un ensayo titulado Usos amorosos de la postguerra española que se inscribía en la línea de una investigación suya anterior, Usos amorosos del dieciocho en España. En esos trabajos la autora de novelas como El cuarto de atrás o Lo raro es vivir abordó los ritos de iniciación y los hábitos amatorios de cada una de las dos épocas. Para el ensayo sobre la España de la Ilustración, Martín Gaite (Salamanca, 1925-Madrid, 2000) merodeó por entre legajos rescatados de viejos archivos, sermonarios, correspondencia privada, libros de memorias. Para el que tenía como escenario la dictadura franquista, frecuentó igualmente archivos y hemerotecas, pero hizo uso también de sus propios recuerdos de juventud en aquellos años de penuria y restricciones. El libro sobre la posguerra española lo cerraba su autora con un epílogo provisional por el que asomaban los primeros signos de contestación al régimen, protagonizados por algunos curas jóvenes y por universitarios.

Estaba al llegar una nueva época, marcada por el influjo que entre las jóvenes modernas tendría El segundo sexo, el libro que Simone de Beauvoir había publicado en Francia en 1949 y que a España solo llegaría a principios de los sesenta. Martín Gaite describía así el nuevo tipo de mujer que se estaba fraguando: “Empezaba a proliferar el especimen de la muchacha que iba a bailar a las boïtes, llegaba tarde a cenar, fumaba, hacía gala de un lenguaje crudo y desdolido, había dejado de usar faja, no estaba dispuesta a tener más de dos hijos y consideraba no solo una antigualla sino una falta de cordura llegar virgen al matrimonio”. Antes de encomendarse en sus últimas líneas a Santa Lucía, la autora hablaba de otra historia “enredosa y compleja”, la de los usos amorosos de los años sesenta y setenta, y se mostraba esperanzada con la idea de que alguien la contara algún día.

No sé si esa historia se habrá ya escrito, sospecho que sí, pero el recuerdo de Carmen Martín Gaite ha gravitado como algo “evidente y buscado” en el último ensayo de la novelista Marta Sanz (Madrid, 1967). En Éramos mujeres jóvenes (Fundación José Manuel Lara), su autora rastrea la sentimentalidad de las mujeres nacidas entre finales de los cincuenta y comienzos de los setenta del siglo pasado, y cuyo despertar viene a enmarcarse en los años en los que tuvo lugar ese periodo que ha pasado a los libros de historia como la Transición.

Sanz se vale tanto de conocimientos adquiridos como de sus propias vivencias, a la hora de abordar un asunto como el del amor y el sexo. No ha estado sola en esa tarea. Si Carmen Martín Gaite pasó muchas horas estudiando documentos de época, Marta Sanz ha tenido acceso a datos estadísticos, lo mismo que al conocimiento de todo tipo que ahora proporciona Internet. Pero, sobre todo, ha contado con la colaboración de un grupo de mujeres que hoy deben de andar entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y muchos, a las que lanza sus interrogaciones y otorga el nombre de ‘corifeas’. Sobre cada una de las preguntas, las corifeas van tomando posiciones y perfilando su relación con el arte de amar a lo largo de un periodo que se prolonga, pongamos, durante algo más que las tres últimas décadas.

Desde el principio, Sanz es consciente de que el resultado final ha de tener sus limitaciones, toda vez que las mujeres participantes en este muestreo cualitativo resultan ser “blancas, españolas, heterosexuales -en principio-, de clase media, con estudios, [e] hijas de un catolicismo heredado (…)”. Pero antes que un trabajo sociológico, Éramos mujeres jóvenes es más bien un largo reportaje salpicado a ratos de vivencias personales y de valoraciones de la propia autora. Los primeros novios, la virginidad, las confidencias con las amigas, el sexo, el rechazo, la fidelidad o la promiscuidad, el papel que el amor desempeña en la vida de cada cual, las exigencias a las que la sociedad las somete son algunos de los asuntos que pasan por el tamiz de estas mujeres. También por el de un hombre, un escritor, Carlos Zanón (Barcelona, 1966), que se somete al final del libro a las mismas preguntas y cuyas respuestas actúan a modo de contraste.

En este libro no hay conclusiones. Ni bendiciones, ni demonizaciones. Si acaso, la única conclusión es la apuesta definitiva de su autora por que nadie imponga nada en el terreno de los afectos. El título del libro habla de un pasado perdido. Del extravío de la juventud. Por puro devenir, siempre hay una generación nueva que toma el testigo. Quizá no hubiera estado mal una pequeña cala en quienes hoy son jóvenes, para que su experiencia sirviera de confrontación generacional. No importa. Seguro que alguna millennial tomará el relevo de Marta Sanz y de Carmen Martín Gaite y escribirá la historia de los nuevos usos amorosos.

Publicado en Escuela (17 noviembre 2016)

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