Todo es mentira

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JAVIER SANZ

Un idioma está siempre en ebullición, borboteando entre lo nuevo y lo viejo. Hay palabras que caen en desuso. Que cambian de significado. Una lengua viva se renueva constantemente. Las nuevas costumbres, las nuevas necesidades, la realidad que aparece ante nuestros ojos impone nuevos conceptos y nuevas palabras que probarán fortuna antes de asentarse o desaparecer. Cada día acecha un neologismo. Ante algunos, por una escasa eufonía o por su misma superfluidad, oponemos una cara contrariada. Da igual. El término acabará asaltándonos en cualquier recodo, haciéndonos frente y sacándonos la lengua. Hay otros que no tardamos en abrazarlos, porque definen a la perfección un nuevo concepto. ‘Posverdad’ es uno de ellos.

Posverdad es la versión en nuestro idioma del término inglés post-truth, la palabra de 2016 según el diccionario Oxford. Sus editores seleccionan cada año un vocablo que refleje el lenguaje de esos doce meses. En ocasiones anteriores eligieron voces como sudoku, carbon footprint (huella de carbono), credit crunch (crisis crediticia), selfie (autofoto) e incluso un pictograma como el emoticono de la cara con lágrimas de alegría. En esta ocasión Post-truth ha ganado en reñida disputa con otras como adulting, Brexiteer, Latinx o coulrophobia, que define el temor irracional a los payasos. Según los responsables de este torneo filológico, el término inglés que ya hemos empezado a utilizar como ‘posverdad’ denota “circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la formación de la opinión pública que los que apelan a la emoción y las creencias personales”. Aunque fue acuñado en 1992 por el dramaturgo serbio-americano Steve Tesich y en 2004 apareció en el título de un libro de Ralph KeyesThe Post-truth Era-, el impulso definitivo ha venido de la mano de dos hechos recientes en los que la verdad ha sido retorcida hasta la asfixia: el referéndum por la salida del Reino Unido de la Unión Europea y la campaña electoral del nuevo presidente de los Estados Unidos de América. Si el brexit ganó apoyado en el populismo, la demagogia, las mentiras y el odio racial, Donald Trump ha llegado a la Casa Blanca tras una inefable sarta de amenazas, groserías, insultos y patrañas que desafiaban el sentido común, pero que enfervorizaban a sus seguidores. Tras el referéndum del brexit, el analista Moisés Naim publicó un artículo en el que aseguraba que se había puesto de moda hablar de un mundo posfactual: “Un mundo donde a pesar de la revolución en la información, Big Data, Internet y demás avances, los hechos y los datos no importan. Las emociones, las pasiones y las intuiciones son las fuerzas que guían las decisiones políticas de millones de personas”. Recordaba que esto no era algo nuevo y que, aunque la política sin emociones no es política, “las decisiones de gobierno donde los datos no importan no son decisiones de gobierno, son brujería”.

En nuestro país tampoco faltan los políticos que han dado la espalda a la verdad, que han puesto en duda -y siguen haciéndolo- la consideración de hechos probados otorgada por la justicia, que en cada aniversario de un acontecimiento especialmente dramático reavivan sin pudor alguno cualquier sospecha extravagantemente interesada, que pregonan un programa electoral cuya ambigüedad les servirá para aprobar las medidas que negaban hasta el día previo a su victoria o que nada dicen saber sobre el círculo de podredumbre cuyo eje central ocupaban. Son los dominios del no-me-consta. De la política posverdad. En una reflexión así titulada, Soledad Alameda evocaba cómo nuestro reelegido presidente “ha negado en numerosas ocasiones hechos sobre los que existía total certeza”, a lo que apostillaba la periodista: “Ya no se trata solo de una característica peculiar de una persona concreta, sino de una táctica, una manera de enfocar la relación con los ciudadanos en la que lo que se dice, se mantiene y reafirma puede ser absolutamente mentira, sin que eso tenga la menor relevancia”.

La verdad factual se bate en retirada frente a la altanera impunidad de la mentira, de la posverdad política. En un país como el nuestro, pero también en otros que han sido un ejemplo de tradición democrática y del contrapeso ejercido por instituciones como la prensa, la mentira no supone el menor coste político. En los medios de comunicación vapuleados por la crisis apenas importa otra cosa que la audiencia. Los lectores son hoy consumidores de noticias. Un titular es un mero señuelo en el que hacer click.

Los trabajos del Reino Unido para abandonar las instituciones europeas, el avance de ese fantasma que recorre ahora Europa envuelto en la capa del populismo, el mandato del presidente Trump y la continuidad del nuestro son garantías de un largo futuro para el término posverdad. Ya lo dejó dicho aquel embustero al que no le arredraban ni la verdad ni la vergüenza: “Todo es mentira, salvo alguna cosa“.

Publicado en Escuela (1 diciembre 2016)

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