Ante todo, brevedad

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JAVIER SANZ

Como los libros en algunos establecimientos de segunda mano, la ficción acostumbra a venderse al peso. Si el precio de un ejemplar de cuatrocientas páginas es siempre  más elevado en algunas librerías de viejo que el de uno de doscientas, lo es a menudo solo por sus características físicas, sin que en la valoración interfieran su rareza, su valor literario o la fama del autor. Sobre los otros géneros, la novela proyecta una sombra de arrogancia. En la ficción, la longitud suele tenerse por un valor. Antes que la velocidad inaudita de los cien metros lisos, se valora más la media y la larga distancia. Las nouvelles se estiran o se agranda su tipografía para conseguir hacerlas pasar por novelas, y en los volúmenes de cuentos los paratextos editoriales tienden a ocultar bajo ambiguos eufemismos su breve condición. La fama de un novelista discreto atropella siempre la de un cuentista notable, y tampoco sus ganancias son las mismas. Borges fue una excepción. En el escalafón literario el último peldaño lo ocupa el escritor de microrrelatos. Y eso a pesar de que algunas de estas piezas hiperbreves son auténticas joyas.

Fernando Valls, crítico y profesor universitario de Literatura Española Contemporánea, es uno de los pocos estudiosos que se han interesado de verdad por este género mínimo. Según su definición, el microrrelato no es un poema en prosa, ni una fábula, ni tampoco un cuento. Valls lo ve como “un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia en la que debe imperar la concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, a menudo al servicio de una trama paradójica y sorprendente”. Esa, la de microrrelato, no deja de ser una de las muchas denominaciones con las que se han bautizado estos microcuentos, relatos hiperbreves, minificciones o cuentos mínimos, y quienes han rastreado su procedencia aseguran que fue el escritor mexicano José Emilio Pacheco (1939-2014) quien en 1977 utilizó por primera vez ese término. Para entonces, hacía casi dos decenios que el guatemalteco Augusto Monterroso (1921-2003) había publicado el que sigue siendo el microcuento más célebre del castellano, aunque no el más corto: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”.

Quienes han indagado en la genealogía de estos relatos raudos han encontrado en Baudelaire, en Rubén Darío, en Leopoldo Lugones o en Alfonso Reyes a algunos de sus precursores. Entre nosotros, en las últimas décadas ha habido numerosos servidores dispuestos a seguir llevándolos en andas. Primero fueron los miembros del Centro Cultural Faroni, una asociación que toma el nombre de un personaje nacido en Juegos de la edad tardía, la exitosa novela de Luis Landero aparecida en 1989. Hace veintitres años sus responsables tuvieron la fantasía de convocar un certamen literario. El Premio Internacional de Relato Hiperbreve nació con la imperativa exigencia de no superar las quince líneas y la fabulosa dotación económica de cinco millones de zaires. La edición de 2015, que hacía la número XXII, quedó desierta y en los anales de ese Centro Cultural no consta una nueva convocatoria. Desde sus talleres de escritura creativa, Clara Obligado ha contribuido también al renacimiento del género hiperbreve, al igual que los profesores de la Escuela de escritores, que mantienen un concurso que va por su décima edición y que puede  oírse en el programa La ventana, que dirige en la Cadena Ser Carles Francino. Si la decisión de ahorrarse el premio que rinde homenaje a Faroni podía interpretarse como un signo de agotamiento, no lo parece el hecho de que la novena edición del concurso ‘Relatos en cadena’ recibiera a lo largo de nueve meses un total de 23.862 propuestas que no debían superar las cien palabras.

Un día del verano pasado los oyentes pudieron ser testigos de las dificultades con las que se topó el jurado a la hora de elegir un ganador. Al final, los 6.000 euros del premio fueron para un cuento excelente titulado ‘El espectador’ y escrito por Ana Sarrías, una economista navarra de 46 años. En su brevedad el minirrelato habla de la nostalgia por lo que se ha perdido. Son 93 palabras. Bastantes más que las siete del microcuento de Monterroso y que la única que, junto a su punto final, da forma a ‘Luis XIV’, de Juan Pedro Aparicio: “Yo”.

Demasiadas todavía para el cuento más corto posible. Su autor es Guillermo Samperio; su título, ‘El fantasma‘, y dice así: ” “.

Publicado en Escuela (22 diciembre 2016)

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