Los nuevos cronistas

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JAVIER SANZ

Como cualquier otro tipo de relato, el periodístico persigue seducir al lector y, una vez agarrado delicadamente de las solapas, conducirlo por el texto hasta depositarlo al otro lado del punto final. No es tarea fácil. Ese género que va más allá del qué de las noticias, y que unas veces podía denominarse reportaje o nuevo periodismo, y otras periodismo de creación o relato de no ficción, ha terminado por volver a los orígenes y dejarse atrapar bajo la curtida denominación de crónica. La lucha desesperada por el lector fugitivo no nació con Internet. Viene de mucho antes. Pero cuando los periódicos uniformaron el estilo de sus redactores y desmenuzaron sus contenidos hasta convertirlos en piezas de un juego que había que volver a armar, algunas revistas de Hispanoamérica empezaron a apostar por largos reportajes elaborados durante meses y escritos con los recursos de las mejores narraciones. Un periodismo que escapaba de la primicia y que aspiraba a los laureles de la buena literatura.

De la mano de publicaciones como El malpensante, Gatopardo o Etiqueta negra, el género ha resurgido en los últimos años con la contundencia de otro boom. Estas nuevas crónicas han acabado por convertirse en un fenómeno en sí mismas. Aparecidas primero en el efímero papel de las revistas, y propagadas luego por la Red, han pasado a formar parte de libros o a reproducirse en antologías que, como Mejor que ficción. Crónicas ejemplares (Anagrama, 2012), hacían arqueo de algunas de las mejores piezas. Si en ese libro Jorge Carrión puso al alcance de los lectores una muestra del trabajo de gente como Juan Villoro, Leila Guerriero, Alberto Fuguet, Juan Pablo Meneses o Rodrigo Fresán; en Literatura que cuenta (Adriana Hidalgo editora) Juan Cruz ha querido hablar con varios de ellos para saber de dónde vienen y cuál es su visión sobre este género. Con él conversan, además de Villoro o Guerriero, otros como Alberto Salcedo Ramos, Jorge Fernández Díaz, Héctor Abad Faciolince o Martín Caparrós, al que muchos ven como precursor y ejemplo. Junto a ellos, dos autores españoles que han desarrollado buena parte de su labor en los periódicos: Juan José Millás y Manuel Vicent.

Cuando terminó en Buenos Aires su licenciatura en Turismo, Leila Guerriero ya tenía dentro el veneno de la escritura. Un día envió un relato a Página/12, el mítico diario argentino. Se lo publicaron. Pero además la llamaron para ofrecerle un trabajo en una revista del grupo. Así empezó ella la trayectoria que la ha convertido, tanto en aquella orilla como en esta, en un referente. Columnista, conferenciante, profesora de talleres, editora de libros, Guerriero practica un periodismo lento, reposado. Ese al que se le concede el infrecuente privilegio de varios meses por delante antes de empezar a fraguar en el primer párrafo. “Lo que uno nunca debe perder de vista es que está haciendo periodismo”, asegura en su conversación con Juan Cruz. “No solo tiene que estar bien contado, bien narrado, tiene que tener lo que necesita tener para ser contado. (…) Y no debe ser complaciente, no debe ser una mirada chupamedias sobre esa persona o sobre esa historia”.

En esa charla, como en otras, sale pronto el nombre de Caparrós. Con dieciséis años, Martín Caparrós quería ser fotógrafo. A esa edad le ofrecieron la posibilidad de empezar en el laboratorio de un periódico, pero antes de que llegara ese momento asumió algunas tareas subalternas en la redacción, como llevar cafés o cortar teletipos. Un día de sequía periodística, mucho antes de licenciarse en Historia por una universidad francesa y recorrer más de medio mundo, le propusieron llenar un hueco con una noticia sobre el hallazgo del pie izquierdo de un alpinista japonés desaparecido diez años antes en el Aconcagua. Ahí nació para el periodismo el autor de miles de crónicas, muchas de ellas recopiladas en libros, y de unas cuantas novelas. Caparrós, que recuerda cómo hace veinte o veinticinco años no había en Argentina mucho espacio para el periodismo narrativo, parece algo cansado con que se siga asociando su nombre al de la crónica, ese “enorme país” como lo denomina Juan Cruz y que cuenta ahora con tantos cultivadores. “Me lo pregunto con cierta frecuencia y a veces con alguna irritación, porque uno no quiere ser socio de un club que lo acepte como miembro”, dice a la manera grouchomarxista y ante lo que no puede dejar de sentenciar que “era más bonito cuando estábamos solos”.

Si el periodista (casi) nunca es noticia, ellos se han convertido en modelos, en ejemplos a seguir, en pequeñas o medianas celebridades dentro de lo que permiten en estos tiempos raudos el periodismo y la literatura. Su trabajo puede leerse en periódicos, en revistas y en libros. Pero su propio relato, su reflexión sobre sus vidas y su trabajo está ahora en estos diálogos, en estas “entrevistas con grandes cronistas de América Latina y España”. Es, lo dice el título, literatura que cuenta.

Publicado en Escuela (8 diciembre 2016)

 

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