Rosa Regás y sus amigos

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JAVIER SANZ

Hay escritores reacios a poner por escrito lo que ha sido su vida. Otros, no aquejados de ese pudor, hacen arqueo de recuerdos y olvidos para mostrar su relación consigo mismos y con los demás. Los hay que prefieren resumir su existencia en un único volumen, y quienes optan por acompasar sus pasos de madurez con la cadencia de sucesivas entregas. Como Rosa Regás, por ejemplo. Si en el primer tomo, Entre el sentido común y el desvarío, repasaba unos comienzos en los que no faltaron un abuelo terriblemente autoritario, unos padres republicanos y divorciados que con los primeros bombardeos sobre Barcelona habían evacuado a sus hijos fuera de España y una niña, la autora, que a su regreso con seis años solo sabía hablar francés, no podía vivir con sus progenitores y fue enviada a un internado religioso; en el segundo, titulado Una larga adolescencia, Regás (Barcelona, 1933) retrataba el oprobioso clima moral del franquismo, en el que la mujer tenía como únicos horizontes vitales el matrimonio y la dedicación al hogar. Aunque se había casado con dieciocho años y fue pronto madre de sus dos primeros hijos, Rosa Regás tenía poco que ver con el modelo de mujer que exigía la España de la época.

 Amigos para siempre, la tercera entrega de sus recuerdos, da cuenta de cómo se fue operando esa transformación que empezaría a materializarse el mismo día en que cruzó por primera vez el patio de la Universidad de Barcelona como alumna de Filosofía y Letras del curso 1959-1960. De inmediato trabaría contacto con compañeros como Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Rico, Salvador Clotas o Juan Antonio Masoliver, y que enseguida se familiarizaron con la insólita idea de una compañera de clase casada y madre de varios hijos, que al concluir la especialidad de Filosofía pura terminarían por ser cinco. Una anécdota describe a la perfección el clima de aquella época. Al renovar su pasaporte, el funcionario le preguntó por su ocupación. “Estudiante”, respondió Rosa Regás. Será estudiante de idiomas o de piano, pero eso no cuenta, le respondió el administrativo. “Soy estudiante en la universidad”. Al buen hombre solo se le ocurrió decir que eso no podía ser, antes de llevar a cabo una consulta y de volver con una respuesta categórica: “Siento decirle que no está permitido poner estudiante en el documento de una mujer casada”. En el rifirrafe por si Regás aceptaba el comodín femenino de la época, ‘sus labores’, la futura novelista consiguió que el empleado público accediera a poner “algo general como Prensa”. Esa no debió ser sino una de las muchas pruebas a las que tendría que hacer frente. En una reseña periodística con ocasión del segundo volumen de memorias, Javier Fernández de Castro evocó un recuerdo de Félix de Azúa que probablemente refleje mejor que cualquier otro el torbellino que debía ser aquella mujer joven, “con los cabellos rojo fuego, una camiseta ajustada, pantalones pata de elefante y con aquel ancho cinturón de cuero que las barbarellas de la época llevaban muy flojo para que cayera un poco por delante. Tras incitar a las masas desde un banco situado frente a la universidad, y bien porque estuviese llegando la policía o bien porque se acercaba la hora de dar la papilla a sus hijos, la agitadora saltaba sobre una moto de gran cilindrada y se perdía calle Muntaner arriba”.

Presente en este libro desde su mismo título, la amistad atraviesa la relación con grandes figuras ya desaparecidas como Vázquez Montalbán, Eugenio Trías, Jaime Salinas o Guillermo Cabrera Infante. Sin embargo, los treinta años de profunda amistad con el escritor cubano exiliado en Londres no lograron superar lo que el autor de Tres tristes tigres debió vivir como una gravísima traición: un viaje de Regás a Cuba para participar como jurado en el Premio Casa de las Américas. Cabrera Infante nunca se lo perdonaría, hasta el punto de no hablarle ni mirarla una vez que coincidieron en la misma caseta de la Feria del Libro de Madrid.

Pero si hay un amigo al que Rosa Regás no puede reducir a un solo capítulo, ese es Carlos Barral. Poco después de terminar la carrera, en octubre de 1964, Regás empezó a trabajar en Seix Barral y solo salió de allí cuando el poeta y memorialista fue obligado a marcharse de la editorial familiar tras un penoso proceso. Con su salida terminaba una época memorable  para la literatura española, protagonizada por alguien ante quien Regás se rinde por su “original inteligencia” y por “la capacidad de dar un tono poético incluso a sus más arriesgadas diatribas”, y que, ni siquiera poco antes de su muerte en diciembre de 1988, “había perdido el interés ni la curiosidad ni siquiera la costumbre de elaborar nuevos proyectos”.

Tras su marcha de Seix Barral, Regás pondría en marcha su propia editorial, La Gaya Ciencia, en cuyo catálogo han quedado títulos de Juan Benet, Javier Marías, Eugenio Trías, Álvaro Pombo o Manuel Vázquez Montalbán, entre otros muchos. Pero esa deberá ser materia para la cuarta entrega de sus memorias. Esperemos que no tarden.

Publicado en Escuela (18 marzo 2017)

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