Miró entre las fieras

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JAVIER SANZ

La historia del arte ha solido encontrar en las valoraciones desdeñosas la mejor manera de dar nombre a los movimientos renovadores. Ante el cuadro de Claude Monet Impresión, sol naciente, uno de los que se exponían en la muestra de artistas independientes de 1874, el pintor y crítico Louis Leroy lo despachó burlescamente tildándolo de ‘impresionista’, lo que terminaría por bautizar a ese movimiento decisivo en la historia del arte contemporáneo. Cubista fue la denominación peyorativa que Henri Matisse acuñó para definir unos paisajes formados por pequeños cubos, tras los que asomaba otra tendencia fundamental del siglo XX. El propio Matisse había sido víctima también de otro calificativo que, desde su voluntad crítica inicial, terminaría siendo enarbolado como emblema de su pujante grupo.

En 1905 las obras de un puñado de jóvenes pintores por él liderados causaron un enorme revuelo en el Salón de Otoño, la muestra de arte emergente alzada en el Grand Palais de los Campos Elíseos. En el centro de la muestra y en medio de dos mármoles de estilo tradicional de Albert Marque, los fogosos colores de las obras de André Derain, Maurice de Vlaminck, Henri Manguin, Albert Marquet, Charles Camoin o el propio Matisse suscitaron el rechazo del crítico Louis Vauxcelles, quien despectivamente dijo: “El candor de estos bustos sorprende en medio de la orgía de los tonos puros: Donatello entre las fieras (les fauves)”. Los fauvistas habían adquirido carta de naturaleza.

Como los colores que llevaron a sus lienzos, el fauvismo fue un movimiento de gran intensidad, pero breve. Rechazaban el academicismo tanto como la perspectiva o el naturalismo, y coincidían con los impresionistas en sus pinceladas decididas, lo mismo que en su gusto por pintar al aire libre y por representar la modernidad de su tiempo. El Salón de Otoño fue el espacio en el que mostrarían las obras creadas durante ese verano a orillas del Mediterráneo. Matisse y Derain habían pasado juntos dos meses en el pueblecito pesquero de Collioure, en donde llevaron al lienzo el tipo de pintura que se convertiría en emblema fauve: colores planos y resueltas pinceladas con las que plasmaron la bahía o los barcos amarrados a puerto. Según el historiador Valeriano Bozal, es en ese momento cuando Matisse descubre la luz y arranca el fauvismo, que supone “la afirmación y el uso de los colores puros, la eliminación de la gradación tonal propia del puntillismo, la luminosidad de todos y cada uno de los colores, de todas y cada una de las pinceladas”.

Camoin, Manguin o Marquet eligieron ese mismo verano Saint-Tropez y sus alrededores para pintar y recorrer. De esas estancias volvieron también, como se recuerda en Los fauves. La pasión por el color, la exposición comisariada por Mª Teresa Ocaña para la Fundación March, con las tonalidades del Mediterráneo, sus reflejos, sus horizontes y los ambientes idóneos para “alcanzar y lograr su objetivo: la pintura como fin en sí misma”. La amistad, lo mismo que la juventud, fue otro de los nexos de este grupo que gustaba de pintar en parejas y de retratarse unos a los otros, como se comprueba en la muestra madrileña. La convulsión que provocaron con sus lienzos en el Salón de Otoño parisino favoreció el que se les unieran en sus pretensiones artísticas otros pintores como Georges Braque, Raoul Dufy y Othon Friesz. Pero nada de todo ello impidió que el fauvismo fuese diluyéndose rápidamente y que cada uno de sus miembros siguiera su propio camino. La muerte de Cézanne en 1906 hizo volver los ojos hacia su pintura, y al interés por el color le sucedió una mayor preocupación por el dibujo. En un plazo de dos años los fauvistas habían matizado seriamente algunos de los principios estéticos que habían propugnado y que para entonces consideraban ya demasiado radicales. La geometrización de las formas había empezado a abonar el camino para la llegada del cubismo. Las señoritas de Avinyó lleva fecha de 1907. Picasso anunciaba otra época para la pintura.

La visita al palacete de Recoletos depara otra sorpresa. De ese tiempo pictórico que inaugura Picasso participará Joan Miró, del que, en dos espacios separados, la Fundación Mapfre ofrece una sesentena de obras, a las que otorga la condición de colección permanente. El ‘Espacio Miró‘ permite recorrer una pequeña muestra de la producción pictórica del artista barcelonés y posibilita el descubrimiento de una de sus muchas joyas: el espléndido cuadro que Miró pintó en 1965 para su nieto mayor, David Fernández Miró (1958-1991). Por si no fuera bastante, el viaje tiene una propina:  el retrato de Miró que hizo en alambre su amigo Alexander Calder y que alcanza toda su plenitud proyectado por un foco sobre la pared. ¿Hace falta alguna excusa más para programar una visita?

Publicado en Escuela (12 enero 2017)

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