Ramón Gaya, en sus cartas

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JAVIER SANZ

Pocos casos habrá habido de tanta precocidad artística. Hijo de un litógrafo catalán, Ramón Gaya (Murcia, 1910- Valencia, 2005) abandonó la escuela a los diez años para dedicarse a la pintura, como le sugirieron al padre dos artistas locales amigos suyos que debieron de ver en el pequeño algo más que una promesa de pintor. Con diecisiete, entró en contacto con el poeta Jorge Guillén, quien en 1926 había tomado posesión de su cátedra en la Universidad de Murcia y puesto en marcha, junto a Juan Guerrero Ruiz, la revista Verso y Prosa. Ahí, al lado de otros jóvenes como García Lorca, Aleixandre, Cernuda o Alberti, publicaría Gaya ilustraciones y artículos. Guillén dejó por escrito su temprana admiración por él: “Me pasmó la inteligencia extraordinaria de este muchacho, de una madurez y una seguridad monstruosas”. Gracias a Guerrero Ruiz, un Ramón Gaya que no había cumplido aún los dieciocho va a conocer a Juan Ramón Jiménez. Desde Madrid, en donde permanece unas semanas antes de partir para París, un 18 de enero de 1928 le escribe a Juan Guerrero: “El domingo 15 llamé por teléfono a Juan Ramón, le pedí hora, las tres. Las 3 del 15, hora y día memorables”.

Esa misiva es una de las muchas que componen Cartas a sus amigos (Editorial Pre-Textos), el libro que, con prólogo de Andrés Trapiello y edición de Isabel Verdejo y Nigel Dennis, va trazando una suerte de biografía epistolar que da noticia de las vicisitudes por las que atravesó Ramón Gaya. Los editores las han clasificado en tres épocas. La primera va de 1927 a 1936. La última que se ha conservado de esta etapa está fechada en el Hotel Dardé de Madrid el 17 de agosto y va dirigida a Juan Ramón Jiménez. Hace un mes del golpe de Estado fascista contra el Gobierno republicano y Gaya, después de una infructuosa llamada telefónica, le envía una nota para pedirle un encuentro apremiante, “ya que el asunto que me lleva a buscarle es muy urgente”. Tres días después Juan Ramón y su mujer, Zenobia Camprubí, saldrían para embarcar en Cherburgo (Francia) en el transatlántico que los llevaría al exilio americano y del que ya no regresarían. Ramón Gaya permaneció en España hasta 1939. Gaya, que había colaborado con las Misiones Pedagógicas creadas por el Gobierno de la República, participado en la Alianza de Intelectuales Antifascistas y en el Congreso Internacional de Escritores Antifascistas, colaborado en revistas como El Mono Azul u Hora de España y que, con dos obras, había estado representado en el pabellón de la República Española de la Exposición de París de 1937, en donde Picasso presentó su Guernica, intentó la huída de España en la avalancha que en 1939 cruzó la frontera por Port Bou. Su mujer murió durante el bombardeo de Figueras, al que sobrevivió su hija. Él fue internado en el campo de concentración de Saint-Cyprien, antes de partir en el Sinaia, el vapor que trasladaría a un total de 1.599 exiliados.

Las tierras mexicanas son el escenario de su correspondencia entre 1948 y 1953. Sus últimos años allí marcan, a juicio de los editores, el tercer tiempo de esta relación epistolar. En México permanecerá hasta 1956 -con una estancia intermedia de un año en París-, y se trasladará luego a Roma. Es ya una correspondencia salpicada de viajes -Venecia, Florencia, Delft, París…-, que tiene entre sus destinatarios a amigos como Juan Gil-Albert, Tomás Segovia o las hermanas Zambrano, María y Araceli. En 1960, tras veintiún años de exilio, regresa por primera vez a España, en donde, sin dejar nunca su estudio romano, se instalará. Sustituidas por el teléfono, las extensas cartas en las que reflexiona sobre el arte y sobre su propia pintura irán dejando paso al final de su vida a escuetas postales con las que, en sus viajes, se acuerda de sus amigos, viejos o nuevos.

Con la concesión de la Medalla de Oro a las Bellas Artes, el Ministerio de Cultura abrió en 1985 el camino para su reconocimiento. El Premio Nacional de Artes Plásticas, en 1997, o el Premio Velázquez, en 2002, fueron otras muestras de homenaje oficial. Ramón Gaya, que tenía a Velázquez y a Rembrant, a Tiziano y a Murillo, a Van Gogh y a Picasso en su panteón artístico, había dado desde muy temprano la espalda a las vanguardias para permanecer fiel a una concepción estética propia, heredera de la tradición. Algo que, como escribe Andrés Trapiello, se interpretaría a menudo como un anacronismo. Sin embargo, añade, lo que pretendía Gaya no era sino “liberar a la pintura de esa apariencia de juego deshumanizador y banal que las vanguardias le habían dado”. Y, con ello, “devolverle su sentimiento”.

Publicado en Escuela (19 enero 2017)

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