El lodazal

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JAVIER SANZ

Están ahí, al otro lado de la pantalla digital, aunque durante mucho tiempo habíamos preferido no saber de ellos. Si, tras concluir la lectura de un artículo en un periódico o en una revista de internet, la curiosidad nos conducía por un momento a los comentarios suscitados, los dos o tres primeros terminaban por servirnos de freno. De vez en cuando alguien se confesaba víctima de un torrente de improperios y anunciaba el cierre de su cuenta en alguna red social. Que hay otros mundos, pero que también están en este, ya nos lo había advertido el poeta. Era cierto, aunque es más que probable que no se refiriera a esa realidad sórdida que acecha al otro lado de la pantalla de cristal líquido. Y sí, ese mundo está ahí, al acecho, y podemos toparnos con él en cualquier descuido.

En el Facebook Live de El País, Paula Corroto entrevistaba a Fernando Trueba. Mientras la coordinadora de contenidos de Librotea, un portal sobre libros, interrogaba al director de Two much o Belle Époque por asuntos como la adaptación cinematográfica de novelas o por qué había decidido incluir como primera recomendación la entrevista que François Truffaut mantuvo en los años sesenta con el director de Psicosis o La ventana indiscreta y que dio origen a El cine según Hitchcock, la zona de comentarios de Facebook se iba llenando de secreciones biliares. Mientras Trueba -un director cuya figura y cuya obra, como las de cualquier otra persona que escriba, filme, cante, pinte o juegue al tute pueden gustar más o menos- daba muestras de su amor por el cine, de su sabiduría cinematográfica o de esa afición a la lectura que lo lleva a visitar librerías dos o tres veces por semana, el odio, la cerrazón, la necedad y la cortedad intelectual hacían acto de presencia. Cuando Trueba se explayaba en alguna respuesta, Corroto dirigía su mirada a la computadora tratando de encontrar en esa ciénaga de inmundicia verbal alguna muestra de inteligencia a partir de la cual hacerle una pregunta interesante al cineasta. Inevitablemente, la conversación terminó derivando hacia algunas de las mayores preocupaciones de esos espontáneos de boca recalentada: las subvenciones al cine español y el boicot del que Trueba y su última película, La reina de España, han sido objeto a raíz de su discurso de aceptación del Premio Nacional de Cinematografía. Como en su momento recordó el periodista Ignacio Escolar, la patronal CEOE se embolsaba en 2012 400 millones en subvenciones, el PP, por ejemplo, 212, y una sola empresa automovilista, Peugeot Citroën España, recibía un total de 66 millones de euros de fondos públicos. La subvención que todo el sector del cine español iba a recibir en 2014 era de 50,8 millones de euros. Pero para entonces hacía ya mucho que alguien se había encargado de propagar la insidiosa especie sobre el cine español.

En su discurso de recogida del galardón que le entregó el ministro Méndez de Vigo, Trueba desmenuzó los tres conceptos implícitos: premio, nacional y cinematografía. Y, tras decir que el segundo de ellos no le gustaba ni poco ni mucho, que sus palabras favoritas en el diccionario eran ‘nada’ y ‘desertor’, que nunca había tenido ningún sentimiento nacional, que siempre se había mostrado a favor de destruir las fronteras y que incluso culturalmente no tenía identidad, llegó la frase que habría de desencadenar la furia cainita: “La verdad es que yo nunca me he sentido español. Nunca. En mi vida. Jamás. Ni cinco minutos de mi vida”. Desde el exilio al que se vio obligado por aquella España, “obscena y deprimente / En la que regentea hoy la canalla”, Luis Cernuda pudo escribir esto en su poema ‘Es lástima que fuera mi tierra’: “Soy español sin ganas, / Que vive como puede bien lejos de su tierra / Sin pesar ni nostalgia”. Alguien que quisiese decir hoy algo parecido sería, como lo ha sido Trueba, lapidado por ese sector de la opinión pública.

Quizá todo ello sea parte de un clima de sutil confrontación que lleva a tratar como peligrosos terroristas a dos titiriteros; que persigue, con la ayuda entusiasta de unos jueces, a un concejal por un tuit antiguo y lamentable que alguien con pocos escrúpulos rescata para utilizarlo políticamente, o que se ceba con el autor de una intervención poco complaciente con el poder. Se trata de un viejo ritual bien conocido: alguien contrariado elige a la víctima, la señala, se propagan infundios sobre ella, se le hace el vacío, se la vapulea y se trata de acabar con ella. El 2.0 sirve a veces para actualizar esa triste herencia, esa lúgubre ciénaga, ese lodazal. Quedémonos mejor con el aporte de los libros recomendados por Trueba y escritos por gente como Anne Wiazemsky, Luis Buñuel, Ingmar Bergman o Buster Keaton.

Publicado en Escuela (2 febrero 2017)

 

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