Leer en España

Informe_2017-web

JAVIER SANZ

Todos los gremios se reúnen de vez en cuando para charlar animosamente, echar cuentas y mirar por lo suyo. Así, los fabricantes de colchones que se preocupan por nuestro bienestar nos aconsejan cambiar el jergón al menos cada diez años. Las empresas de idiomas que se lamentan por las ofertas laborales que desaprovechamos a causa de nuestro deficiente manejo del inglés nos proponen remediarlo de inmediato con estancias en Brexitlandia. Los clérigos que se interesan por la salud de nuestra alma nos animan a marcar gozosamente la casilla de la iglesia en la quiniela del IRPF. Y los médicos que vigilan nuestro mísero cuerpo mortal nos emplazan cada día a tener cuidado con el corazón, la vista, el oído, la boca, la hipertensión, las relaciones sexuales, la diabetes, el exceso de grasa, los huesos, la espalda, la próstata, el consumo de tabaco, de alcohol, de cannabis…

El sector cultural no podía ser menos, y por eso los editores de libros siempre quieren velar por nuestro bien, que es el suyo. Como cada cierto tiempo nos preguntan si leemos y qué es lo que leemos, sin querer nos transmiten la sensación de estar todavía en el confesionario o examinándonos en el instituto, y de que quizá hoy, fatalmente, nos hayamos dejado la lección sin estudiar. Todo es por nuestro bien. Si leemos, llegaremos a ser alguien de provecho. Si damos patadas a un balón, corremos mucho a bordo de un coche o una moto, evadimos después impuestos, especulamos o tenemos organizada una caja B, entonces únicamente llegaremos a millonarios. Una pena. En la última evaluación de lectura solo sacan nota las mujeres urbanas de entre 30 y 55 años que cuentan con estudios universitarios. La cifra alucinatoria de que el 92% de los españoles se considera lector únicamente puede entenderse como la constatación de una mera capacidad formal, o bien en el sentido más laxo posible, ese que incluye, junto a algún libro, periódico, cómic o web, el plano del metro, la publicidad del buzón, el menú de la cafetería o la lectura sosegada de enciclopedias. Nos gusta demasiado quedar bien cuando tenemos delante a un encuestador. La realidad es que un 39% de nuestros compatriotas tiene entre sus costumbres más afianzadas la de no abrir nunca un libro. Pase lo que pase, cueste lo que cueste y caiga quien caiga.

La Federación de Gremios de Editores, que es la que ha elaborado el reciente informe ‘La Lectura en España’, parte de la idea de que leer “tiene una importancia trascendental en el desarrollo y progreso social de los países”, y de que, por ello, “debe formar parte de las políticas culturales de un país”. Es decir, que un libro no es un colchón ni un par de zapatos y que el Gobierno debe tenerlo en cuenta en el desarrollo de sus políticas culturales. Hace unos días los quioscos se adornaban con una bonita portada dominical. Dado que en los últimos días ningún juez audaz había decretado prisión incondicional para algún peligroso titiritero dispuesto a poner patas arriba la civilización occidental -una tarea para la que se ha preferido a Donald Trump, un multimillonario sin escrúpulos, un un multimillonario-, el periódico preferido de La Moncloa se rendía ante nuestro presidente, mostrando un primer plano suyo en el que transmitía como solo él sabe confianza y verdad. El rostro sereno y tranquilizador de alguien que, después de haber fracasado parcialmente en su intento de sofocar al mundo de la cultura, debe impulsar ahora las políticas culturales que contribuyan al progreso social de ese país que respira satisfecho cada vez que unos buenos datos de empleo en el turismo y la hostelería nos recuerdan la fortaleza tecnológica de nuestra industria principal, nuestra alineación con los países más cultos, civilizados y desarrollados y nuestro férreo compromiso con la sociedad del conocimiento.

En ese mapamundi del sector libresco que dibuja, el informe aborda asuntos capitales como la oferta editorial, la reducción de los puntos de venta de libros y publicaciones periódicas, las bibliotecas, los hábitos lectores o las librerías, pero también fenómenos recientes como los clubes de lectura, la recomendación de libros en línea o las narrativas transmedia. En medio del huracán, el papel, ese soporte quebradizo que inventó la cultura china, sigue aguantando el tirón. Según datos del Ministerio de Cultura, de cada cien libros publicados, setenta y cinco son en papel y veintidós digitales, aunque por cada cien euros facturados solo cinco provienen de la venta de libros electrónicos.

Un libro no es un colchón ni un par de zapatos, aunque en ciertas ocasiones dé la sensación de compartir un trato semejante por parte de algunos editores y del mismísimo Gobierno de la Nación. Juntos deben diseñar una nueva hoja de ruta para conseguir que los que leen no dejen de hacerlo y los que no lo hacen se animen, al menos, a cambiar de costumbres.

Publicado en Escuela (25 enero 2017)

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