Libros, toros, muertes y homenajes

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JAVIER SANZ

No es frecuente encontrar en las mesas de novedades de las librerías un ejemplar publicado veintiocho años atrás. Entre cubiertas que pretenden atraer la atención con estudiadas fotografías, sugerentes títulos o diseños rompedores, el husmeador de librerías se topa de pronto con un libro que incumple, cuando menos, dos de esas premisas, si no las tres. La portada de este volumen carece de cualquier otra imagen que no sea una viñeta de motivos vegetales; el título del libro, de ecos quevedescos, lleva entre las cuatro que lo componen la palabra muerte -algo que un editor de nuestros días suprimiría para no desasosegar al comprador-, y el diseño es a un tiempo tan austero y tan clásico que quizá hoy ya vuelva a resultar novedoso. El nombre del autor, que lejos de resultar una joven promesa ha entrado ya en la setentena, tampoco corresponde con nadie por el que los agentes literarios vayan probablemente a disputarse su representación. En fin, el libro resucitado en medio de la barahúnda de novedades lleva por título Imagen de la muerte, su autor es Manuel Arroyo (Bilbao, 1945) y el sello en el que apareció, Turner. Como siempre cabe la posibilidad de rizar el rizo, los dos relatos que lo componen versan sobre el mundo del toreo, un ámbito que este lector sitúa justo en el término medio entre la desatada devoción de los aficionados y la virulenta reacción de los animalistas.

Imagen de la muerte relata dos episodios trágicos: el final de José Cubero, El Yiyo, un torero de apenas veintiún años corneado por un toro de nombre Burlero en la plaza de Colmenar Viejo (Madrid); y un largo peregrinar para ver a Rafael de Paula que culminó con la cogida mortal de un espontáneo, Fernando Elez Villarroel, al saltar al ruedo de Albacete un día de septiembre de 1981 mientras Manuel Benitez, El Cordobés, lidiaba a Sospechoso, un morlaco de 485 kilos. Los toros han sido una gran pasión para Manuel Arroyo, pero habría que preguntarle si más o menos que los libros. Durante muchos años Manuel Arroyo-Stephens regentó una librería en la madrileña calle de Génova; luego, al lado, una tienda de discos, y a todos esos establecimientos los bautizó con el mismo nombre que pondría a su editorial, Turner. Además de librero y editor, y de inmiscuirse en otras muchas actividades de las que a veces hay noticia en alguna de las pocas entrevistas que ha concedido, fue apoderado de Rafael de Paula y representante y responsable de la segunda vida profesional de Chavela Vargas, a la que, tras veinte años de naufragio en el alcohol, rescató un día de 1991 cuando cantaba, casi olvidada, en un teatro de Coyoacán, México.

Manuel Arroyo, que vive a caballo entre Berlín y Madrid, probablemente no escriba nunca esas memorias suyas que tan apasionantes se nos antojan. Pero hace ya un par de años se decidió a mandar a la imprenta un volumen con seis relatos en los que el mundo del toro vuelve a hacerse presente, acompañado esta vez de otros ámbitos queridos por el autor, como el del libro o los recuerdos familiares. Confesaba Arroyo en una entrevista que con los seis relatos de Pisando ceniza (Turner) había tratado de celebrar a gente que le parecía admirable, y que los había utilizado para contar una historia. Además del recuerdo de un librero de viejo, o de un encuadernador que trabajaba en exclusiva para un hijo bibliófilo del banquero Juan March, hay dos personas sobre las que varios relatos de Pisando ceniza gravitan de un modo especial: la madre, tanto en el recuento de un viaje a la casa y al panteón familiares, como en el momento de su muerte; y José Bergamín, de quien Arroyo fue editor y amigo, y a quien acompañó por plazas de toros y protegió en la debilidad económica de sus últimos años. ‘Melancolía del toreo‘ son cuarenta páginas que arrancan con un Bergamín que le propone ir juntos a una corrida en la plaza madrileña de Vista Alegre en la que toreaban Antonio Bienvenida, Curro Romero y un “gitano que se llama Rafael” y que terminaría por protagonizar ese milagro de la tarde del que hablarían todos los aficionados. “Bergamín“, dice el narrador, “llevaba sesenta años asistiendo a corridas de toros y aseguraba que nunca se había emocionado tanto”. Antes de volver a desembocar en el mundo taurino, el relato entra en detalles de cómo se fueron publicando en Turner los poemarios de Bergamín y de cómo, entusiasmado por una edición de Góngora, Rafael Alberti aceptó que le publicara una de Sobre los ángeles. En ‘Región luciente‘ se narra otro fragmento de la larga amistad con Bergamín -de quien en esta ocasión no se escribe nunca el nombre-, que terminaría por afincarse en San Sebastián, a donde el narrador viaja con frecuencia para visitarlo, y en donde moriría el 28 de agosto de 1983, a los 87 años de edad. “Escribir sobre él”, se lee en su segundo párrafo, “fue mi manera de no perderlo del todo, de no permitir a la muerte que mate tanto como quisiera”.

La muerte. En, posiblemente, la única entrevista aparecida cuando se publicó Pisando ceniza, Manuel Arroyo-Stephens admitía que solo escribía de la muerte.”Es lo único que me importa”.

Publicado en Escuela (9 marzo)

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