Una sentencia inapelable

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JAVIER SANZ

Tengo ante mí la primera edición de Últimas tardes con Teresa, y también la más reciente. Las separan cincuenta años en los que el libro de Juan Marsé ha logrado convertirse en un clásico de la literatura española contemporánea. En el viejo ejemplar, salido en 1966 de los talleres de la editorial barcelonesa Seix Barral, el tiempo no se ha olvidado de dejar su impronta. En este medio siglo el volumen, que hacía el número 232 de la colección, ha perdido la sobrecubierta en la que campeaba la fotografía de Oriol Maspons, y en la que una mujer joven a bordo de un moderno descapotable y medio vuelta ante el volante mira fijamente a la cámara situada en lo alto. El papel ha adquirido un tono pajizo y la portada corre algo más que un serio peligro de desprendimiento, pero entre sus páginas las inquietudes contrapuestas de Manolo Reyes, el Pijoaparte, de Teresa Serrat, de Maruja, del Cardenal o de Hortensia siguen latiendo como el primer día, como si el tiempo apenas hubiera pasado por ellos, y como si esta reciente edición que, con otra foto de Maspons al frente, conmemora el quincuagésimo aniversario, fuese una apuesta novedosa y no la enésima reedición de un clásico.

Últimas tardes con Teresa fue la tercera novela de Marsé y con ella obtuvo en 1965 el Premio Biblioteca Breve que convocaba Seix Barral y en el que ya había quedado finalista seis años antes con su primera obra, Encerrados con un solo juguete, a la que en 1962 seguiría Esta cara de la luna. Cuando se publicó, Marsé se sometió al brochazo interrogativo de un célebre entrevistador de La Vanguardia Española llamado Manuel del Arco. A la pregunta de quién era la Teresa de su novela, Marsé respondía: “Es una muchacha de tipo medio, universitaria y sofisticada, con un falso concepto de ciertas realidades”. Marsé había empezado a concebir su novela en París, mientras trabajaba como mozo de laboratorio en el Instituto Pasteur, en un momento en el que, según su biógrafo Josep María Cuenca, la presión ambiental, más que las convicciones ideológicas, le había llevado a convertirse por breve tiempo en militante comunista. Las contradicciones entre los planteamientos revolucionarios que expresaban en Francia los dirigentes del PC y la realidad de la España franquista las trasladaría Marsé al personaje de Teresa, una burguesa de anhelos revolucionarios, cuyo nombre tomó prestado del de la hija del pianista francés Robert Casadesus. En París el escritor había dado clases de español a un grupito de chicas entre las que estaba Thérèse, una muchacha rubia postrada en una silla de ruedas tras un accidente de coche. Desde sus vidas acomodadas, esas jovencitas se mostraban fascinadas por los relatos de los suburbios barceloneses que salían de los labios del escritor.

En la germinación de un relato casi siempre hay una semilla de realidad. El antagonista de Teresa, Manolo Reyes, debe su apodo a un fragmento de vida. En Mientras llega la felicidad, Cuenca anota que fue un amigo, Antonio Pérez, el que le contó a Marsé cómo estando una tarde en Ginebra a la orilla del lago Lemán coincidió con tres albañiles españoles, uno de los cuales, llamado Manolo, era conocido como el Pijoaparte. El escritor le preguntó a Pérez si le importaba que lo utilizara en su novela. Según consideraba con verbo beligerante Arturo Pérez Reverte en el prólogo a una edición de 2003, el Pijoaparte de Marsé pasa por ser uno de los personajes mejor trazados en la literatura española del siglo XX, y el hecho, añadía, de que, pese a estar ambientada en un momento concreto como el ecuador del franquismo, Últimas tardes con Teresa -esa “historia de la niña de buena familia catalana y el joven charnego”- no quedara atada a su contexto temporal había hecho, en su opinión, que la novela envejeciera, “si tal es la palabra, con la solera y la autoridad de las grandes obras”.

La letra menuda de la historia literaria inscribe un largo anecdotario en torno a este relato, en el que no faltan los nombres de Carlos Robles Piquer, responsable último de la censura franquista del momento, o de Juan Goytisolo, aunque también de Mario Vargas Llosa, quien escribió una nota crítica que a día de hoy sigue destacando por su ambigüedad, pero que no impidió que ilustrara la contracubierta de aquella primera edición de la que ya nos separan cincuenta años. En una entrevista reciente recordaba Juan Marsé que la literatura tiene poco que ver con las ventas y con los premios. “El tiempo es el que dicta sentencia. Lo que vale queda y lo que no no, por muchos premios que haya tenido”. Cincuenta años son ya una sentencia inapelable

Publicado en Escuela (23 febrero 2017)

 

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